La situación de calle es una forma de discriminación

Por Dr. Daniel Cassola

Hace unos días el ministro de Economía emitió curiosas declaraciones sobre la pobreza. Textualmente, dijo el ministro: “Hay una mirada prejuiciosa de la derecha sobre los que menos tienen. Aquí, en materia social, en diez años se hizo lo que en Europa va a llevar un siglo. Estamos muy acostumbrados a que en este país se discrimine a los pobres. Se habla de los negros. Eso es tilinguería”.

Hay varias cuestiones para analizar de estas palabras. En primer lugar, se puede haber avanzado en materia social pero sin dudas queda mucho por hacer. Un relevamiento del año pasado efectuado por Médicos del Mundo indica que solo en la Ciudad de Buenos Aires hay 16 mil personas en situación de calle.

En segundo lugar, alguien puede sentirse discriminado porque otra persona lo llame negro, pero no hay peor discriminación que la de no tener un hogar. Hablamos de este tema ahora, porque están empezando los días fríos y es cuando más se siente este problema.

Hay varios indicios que nos sugieren que la pobreza extrema y la marginalidad siguen siendo problemas serios. En primer lugar, desde hace un mes hay un campamento en el Obelisco que pide por la urbanización de las villas. En segundo lugar, hace algunos días se produjo una noticia lamentable que da cuenta de la cantidad de gente que vive en la calle.

En el barrio de Barracas un colectivo de la línea perdió el control y subió a la vereda. Allí vivía una familia que perdió a una de sus hijas, de cinco años, cuando fue arrollada por el colectivo.

Al margen de este caso puntual, todos los porteños sabemos que hay mucha gente en situación de calle. Los vemos debajo de las autopistas, en las plazas o en los palieres de los barrios residenciales.

Desde el punto de vista sanitario, vivir en la calle o en una vivienda precaria es muy riesgoso. Son mucho más probables las infecciones respiratorias y los contagios, especialmente si hay hacinamiento. Por otra parte, la gente en situación de calle suele tener problemas por desnutrición o malnutrición, lo que ya de por sí condiciona a las defensas del cuerpo.

Hay, incluso, mucha gente que ni siquiera cuenta con el DNI, lo que obstaculiza aún más la posibilidad de reinsertarse en la sociedad. Otro flagelo que azota a las personas sin hogar es el de las adicciones. En la calle es muy fácil caer en la tentación de consumir cualquier cosa que ayude a pasar el mal momento.

En definitiva, la situación discriminatoria que viven los marginados es mucho más grave que los insultos que algún sector de la sociedad les puede proferir.

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