Juego, el impuesto voluntario a la pobreza

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Por Dr. Daniel Cassola

Según un informe publicado por estos días el juego, como actividad económica, registra un crecimiento récord en la historia argentina. En los últimos diez años los casinos, bingos o salones con tragamonedas se incrementaron en un 64 por ciento. Concretamente, desde 2004 a hoy se abrieron 148 nuevas salas de juego en todo el país.

Según las estadísticas oficiales que se desprenden de las loterías provinciales y el cobro de impuestos, el juego mueve una cifra de dinero espeluznante. Se trata de un negocio de 105 mil millones de pesos por año. Según el informe realizado por dos investigadores que publicaron un libro al respecto, la actividad está concentrada en 15 grupos empresarios que se llevan la mayor parte de esta torta.

El que más recauda es el presidido por Cristóbal López, con una facturación que supera los 5000 millones de pesos por año. Si se tratara de cualquier otra actividad sin dudas estaríamos ante una buena noticia. Si bien las salas de juego generan empleos, nos preguntamos: ¿Es positivo que crezcan tanto?

La Organización Mundial de la Salud considera a la ludopatía, o sea la adicción al juego, como una enfermedad desde el año 1992. Actualmente, el negocio más redituable dentro de las salas de juego es el de las tragamonedas. Según la información que proviene desde el Estado hay más de 70 mil máquinas funcionando en todo el país.

Los especialistas en adicciones sostienen que este tipo de dispositivo es particularmente adictivo y potencialmente dañino para la salud mental. Lo que hace tan peligrosas a las tragamonedas es la inmediatez entre la apuesta y el resultado. Esta velocidad de juego favorece el surgimiento de una adicción. Además hay que agregar la sonoridad y el impacto visual de los aparatos. Por último, todas las salas de juego están diseñadas para que quien se encuentre en ellas pierda la noción del tiempo. Son lugares ruidosos, sin ventanas, con luz artificial las 24 horas.

Vayamos ahora a los clientes del juego. En su mayoría se trata de personas a las que no les sobran los recursos. Según un estudio de la Universidad de Pittsburgh, Estados Unidos, el juego provee a los pobres con la ilusión de poder salir rápidamente de la pobreza. Esta suerte de encantamiento es lo que provoca que la gente continúe jugando a pesar de perder constantemente.

Como todos sabemos son muchísimos más los que pierden que los que ganan. Como efecto colateral, el juego puede profundizar la situación de pobreza. Sobre todo si se convierte en una adicción.

Tenemos que ser conscientes que cuando ingresamos a una sala de juego todos somos puntos. Al final del día la banca siempre gana.

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